Toma de decisiones
Repensando la búsqueda de propósito
En lugar de buscar una “meta” final, aprende a vivir la vida con propósito.
30 de septiembre de 2026 Revisado por Monica Vilhauer Ph.D.
Los puntos clave
- El propósito no es una meta única que alcanzar, sino una orientación sobre cómo decidimos vivir la vida.
- Vivir con propósito significa tomar decisiones sobre lo que es importante para ti y cómo deseas perseguirlo.
- Si aún no conoces tu propósito, puedes empezar practicando cómo vivir con mayor propósito.
Cuando Joseph Campbell gozaba de gran popularidad, la gente decía: “Sigue tu alegría”. Más tarde, como mantra de desarrollo profesional y autoayuda, pasamos a decir: “Sigue tu pasión”. Hoy parece que hemos vuelto a cambiar de enfoque; esta vez, hacia: “sigue tu propósito”.
Constantemente se nos dice que, para llevar una vida con sentido, debemos “encontrar nuestro propósito”. Se anima a los estudiantes universitarios a identificarlo para elegir carreras que resuenen con ellos; a los profesionales se les insta a vincular su trabajo con él; y a quienes atraviesan etapas de transición se les aconseja redescubrirlo para decidir qué hacer a continuación.
“¿Cuál es tu propósito en la vida?” suena como una pregunta inspiradora, pero creo que es la pregunta equivocada.
No es que el propósito carezca de importancia. El problema radica en la suposición de que tu propósito está oculto en algún lugar de tu interior o en algún sitio del mundo exterior, y que, si buscaras con suficiente ahínco, podrías descubrir aquello para lo que naciste. Esta idea no solo supone una carga enorme para ti, sino que también es poco realista.
Aquí tienes un enfoque más útil: deja de intentar encontrar tu propósito y empieza a actuar con más propósito.
El propósito no es una meta
A menudo hablamos del propósito como si fuera una meta especialmente ambiciosa. Escucho a personas decir que su propósito es ser médico, fundar una empresa, formar una familia o cambiar el mundo. Son cosas que podemos llegar a conseguir, pero cuya consecución no depende enteramente de nosotros. Cuando estas metas se convierten en nuestro propósito, nos encontramos en una encrucijada difícil: si no las alcanzamos, sentimos que no hemos cumplido con nuestro destino; si las logramos, nos preguntamos: “¿Y ahora qué?”.
El propósito funciona de otra manera. Yo lo concibo como una intención a largo plazo, definida por uno mismo, que resulta significativa para ti y tiene un impacto positivo en tu entorno. Puede guiar tus decisiones y metas, dar dirección a tu vida y ayudar a crear una sensación de sentido y coherencia.
A diferencia de una meta, una intención nunca se completa ni es algo que se pueda tachar de una lista. Se asemeja más a una orientación sobre cómo queremos interactuar con el mundo que nos rodea; nos ayuda a determinar nuestras decisiones y a decidir qué metas vale la pena perseguir. A medida que cambian nuestras circunstancias, también puede cambiar la forma en que expresamos esa intención. Si no logramos una meta específica, aún podemos encontrar maneras de cumplir con nuestra intención general respecto a cómo queremos involucrarnos y qué queremos perseguir. Cuando alcanzamos las metas que nos hemos fijado, siempre podemos encontrar formas adicionales de seguir adelante con nuestras intenciones.
Por ejemplo, alguien que desea dedicar su vida a ayudar a los demás a desarrollar su potencial podría convertirse en maestro, gerente, padre o madre, entrenador, médico, emprendedor o dedicarse a algo totalmente distinto. Es posible que desempeñe todos esos roles en diferentes etapas de su vida. Aunque el papel cambie, la orientación subyacente permanece constante.
Cuando el propósito se centra en cómo nos involucramos en la vida, más que en una única meta que debemos alcanzar, dejamos de sentir la presión de encontrar la carrera perfecta o de tomar la decisión ideal. Se abren nuevas opciones y podemos ser más creativos y flexibles a la hora de perseguir aquello que da sentido a nuestra vida.
Vivir con propósito es algo que se practica
Podemos mejorar nuestra capacidad de vivir con propósito desarrollando habilidades para tomar decisiones deliberadas y perseguir nuestras intenciones de manera estratégica.
Nuestras experiencias pueden revelar compromisos que desconocíamos o prioridades que no valorábamos hasta que fueron puestas a prueba. Podemos empezar a examinar nuestras creencias en lugar de darlas simplemente por sentadas. Aprendemos a considerar cómo llevamos nuestros valores a la práctica y si nuestras metas realmente los reflejan. Desarrollamos una noción más completa de quiénes somos, manteniendo al mismo tiempo la humildad de reconocer que nuestra identidad puede evolucionar a lo largo de la vida.
Dado que vivir con propósito nos aporta una dirección en lugar de un destino fijo, también mejoramos nuestra capacidad de adaptación. Cuando un plan fracasa, podemos buscar otra forma de llevar a cabo nuestra intención. Cuando perseguir algo significativo exige sacrificios, aprendemos a gestionar mejor nuestros deseos inmediatos.
Como aquello que perseguimos con propósito no es simplemente un proyecto individual, trabajamos también en desarrollar capacidades interpersonales: escuchar a quienes discrepan de nosotros, construir relaciones con las personas a las que esperamos influir, colaborar con quienes ven el mundo de otra manera y expresar lo que nos importa sin asumir que los demás deben valorar las mismas cosas.
Al ejercitar estas capacidades intelectuales, emocionales e interpersonales, desarrollamos lo que yo llamo una “mentalidad de propósito”.
Cambiar la pregunta
Resulta atractivo creer que, en algún lugar, ya sea fuera o dentro de nosotros, existe una respuesta clara a la pregunta de qué debemos hacer con nuestras vidas. Si tal respuesta existiera, nuestra tarea consistiría simplemente en encontrarla; y hallar algo que ya existe resulta mucho más cómodo que aceptar que tal vez debamos crear algo por nosotros mismos.
Sin embargo, el propósito no funciona así. No descubrimos nuestro propósito para luego empezar a vivir conforme a él. Más bien, comenzamos a tomar decisiones intencionadas sobre lo que nos importa y, con el tiempo, reconocemos cómo queremos vivir a través de las decisiones que hemos tomado.
Esto significa que, a cualquier edad, está bien no conocer tu propósito en este preciso momento. Lo único que tenemos que hacer es empezar a vivir con mayor propósito, prestando atención a lo que valoramos, a cómo contribuimos y a quiénes nos estamos convirtiendo a través de las decisiones que tomamos. Con el tiempo, es posible que dejemos de preguntarnos “¿Cuál es mi propósito?”, porque nos habremos convertido en personas que ya viven con propósito.
A version of this article originally appeared in English.