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Relaciones

Por qué contenerte puede estar perjudicando tus relaciones

¿Qué es aquello que estás a punto de decir pero terminas omitiendo?

Los puntos clave

  • Somos muy hábiles para reconocer los riesgos de compartir demasiada información.
  • No somos tan buenos para percibir los riesgos de decir muy poco.
  • Las personas no pueden conectar con aquello que desconocen de ti.
  • Ser consciente de la “edición invisible” puede convertirte en una persona más abierta y vital.

A diario mantenemos conversaciones en nuestra mente que nunca llegan a producirse en la vida real. Tal vez escuchas una historia y piensas: “Eso también me pasó a mí, solo que de una forma ligeramente distinta”. Quizás quieras hacer un cumplido pero te contengas, o percibas una vulnerabilidad o una necesidad (propia o ajena), pero el pensamiento se desvanece casi tan rápido como surge, sin llegar nunca a expresarse con palabras. Existe todo un mundo interior de pensamientos que tal vez nunca lleguen a convertirse en una frase hablada.

Somos muy hábiles reconociendo los riesgos de compartir demasiada información; lo que quizá subestimamos son los riesgos de revelar demasiado poco.

Leslie John, científica del comportamiento de la Harvard Business School, descubrió que tendemos a centrarnos en los riesgos de revelar información mientras subestimamos el coste social de ocultarla. En diversos contextos, John y sus colegas observaron que la gente suele preferir a quienes se muestran tal como son frente a quienes optan por ocultar información, incluso cuando lo compartido resulta potencialmente vergonzoso. Por ejemplo, en un estudio se vio que las personas mostraban más interés en tener una cita con alguien que respondía a preguntas directas, aunque sus respuestas no fueran socialmente deseables, que con alguien que se negaba a contestar.

Revelar información personal, incluso aquella que se percibe como negativa, indica a la otra persona que confías lo suficiente en ella como para asumir ese riesgo. Esa señal de confianza invita a la apertura recíproca y profundiza la conexión. Por el contrario, cuando alguien se reserva información y no se muestra tal como es, puede transmitir falta de confianza e interpretarse como deshonestidad, indiferencia o evasividad, aunque nada de eso sea cierto.

Existen pruebas de que mostrarse tal como uno es resulta gratificante a nivel neurológico. Las investigaciones demuestran que compartir información sobre nosotros mismos activa regiones cerebrales asociadas a la recompensa. Además, desde una perspectiva evolutiva, el apego y la conexión son fundamentales para la supervivencia.

Por supuesto, esto no significa que debamos compartirlo todo; los límites son importantes. No hace falta contarle a tu jefe tus problemas conyugales o tu situación financiera. Lo más importante es interesarse por todas aquellas cosas que sería totalmente apropiado compartir (y que resultaría agradable decir y escuchar), pero que decidimos omitir.

A esto es a lo que llamo la “edición invisible”. Esa edición invisible suele ocurrir sin que seamos plenamente conscientes de ello, impulsada por un sensor de riesgo interno que envía el pensamiento a la papelera de reciclaje casi al instante.

Tras esa tendencia fulminante a descartar ideas se esconden años de condicionamiento cultural: el deseo de evitar riesgos sociales y no parecer, por ejemplo, alguien torpe, necesitado, dramático, débil o ridículo. Con el tiempo, desarrollamos versiones predeterminadas de nosotros mismos, basadas en un cálculo inconsciente sobre qué imagen resulta más segura proyectar en cada situación. Este mecanismo de protección actúa con tal rapidez que anula cualquier decisión más reflexiva sobre lo que podríamos estar perdiéndonos al optar por no revelarnos.

El problema es que la gente no puede conectar con aquello de ti que desconoce.

La “edición invisible” resulta especialmente perjudicial en las relaciones duraderas porque, con el tiempo, puede agotar la vitalidad y el entusiasmo de la relación. Cuando dejamos de compartir los matices de nuestro mundo interior, la conversación se vuelve mecánica y las personas terminan adoptando roles rígidos.

Es posible que creas conocer todo lo que tu pareja siente o piensa (y viceversa) simplemente por llevar tanto tiempo juntos. Sin embargo, conocerse desde hace mucho tiempo no es lo mismo que mostrarse tal como uno es en el momento presente. Al no asumir ese riesgo ni realizar ese esfuerzo, estás desperdiciando oportunidades para lograr una mayor cercanía, alegría y ternura.

Baja el ritmo y presta atención a tu voz interior, así como a aquello que podría estarse perdiendo debido a esa edición invisible. Por ejemplo:

Cuando tu pareja tenga un gesto amable contigo, en lugar de limitarte a decir “gracias”, permítete expresar: “¡Qué suerte tengo de que te preocupes por mí de esta manera!”.

Si te das cuenta de que has fallado a tu pareja, en lugar de ocultar el problema, admítelo: “Me doy cuenta de que no he estado ahí para ti”.

Si algo te hiere, dilo: “Eso realmente me ha dolido”.

Tras un conflicto, en lugar de esperar a que pase o distraerte con otra cosa, expresa: “Quiero volver a sentirme cerca de ti”.

El objetivo no es dejar de filtrar lo que dices ni eliminar los límites sobre lo que compartes con los demás, sino ser consciente de esa edición invisible y sentir curiosidad por los motivos que te llevan a editar tus palabras. Así podrás decidir deliberadamente si revelar algo conlleva realmente más riesgos que no hacerlo.

Hoy, experimenta simplemente observando aquello que estás a punto de decir pero decides callar. ¿Cuál era el pensamiento? ¿Por qué lo has omitido? ¿Y qué podría suceder si realmente lo dijeras?

A version of this article originally appeared in English.

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Acerca de
Jill P. Weber Ph.D.

La Dra. Jill P. Weber, es autora de Having Sex, Wanting Intimacy—Why Women Settle for One-Sided relationships.

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