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Adicción

Lo que tu adicción te está diciendo de ti

Las drogas eran intérpretes rudimentarios de un dolor que nadie más escuchaba.

Los puntos clave

  • Consumir sustancias es una forma rudimentaria de autorregulación, traduce dolor que no encuentra otra salida.
  • Tratar adicción y enfermedad mental en compartimentos estancos deja a cada equipo con la mitad de la historia.
  • La recuperación depende tanto de estabilidad neurobiológica como del acompañamiento relacional; ninguno solo.
  • El enfoque clínico debería pasar de preguntar “¿qué consumes?” a “¿qué función cumple la sustancia para ti?”.
 Andrew Seaman/Unsplash
Fuente: Andrew Seaman/Unsplash

Hubo una época en mi vida en la que no podía dejar de beber. Me despertaba con una resaca atroz y seguía bebiendo, dando largos tragos a una botella enorme de bourbon Bulleit, hasta que volvía a perder el conocimiento. En la oscuridad de mi enfermedad mental no tratada, perdí la capacidad de habitar mi cuerpo sin recurrir a sustancias. Un otoño, acudí a urgencias en tres ocasiones distintas porque no lograba retener líquidos sin vomitar. Cada vez que recibía el alta médica, me enviaban a casa. Ningún médico se detuvo a reconstruir el panorama completo: los múltiples internamientos involuntarios en unidades psiquiátricas, la infección cerebral que había inflamado mi corteza frontal o el trastorno bipolar cuyo diagnóstico no llegaría hasta dos años después.

Aunque todos los médicos me animaban a dejar de beber, nadie parecía especialmente interesado en la cuestión de fondo: ¿por qué seguía recurriendo a la botella en busca de alivio?

El psiquiatra Edward Khantzian planteó esa pregunta fundamental al redefinir las adicciones no como fallos morales, sino como respuestas adaptativas para escapar del sufrimiento psicológico. “Las personas con trastornos por consumo de sustancias sufren enormemente con sus sentimientos”, observaba Khantzian; “ya sea viéndose abrumadas por emociones dolorosas o pareciendo no sentir ninguna emoción en absoluto”. La elección de la droga también importa, pues sugiere la naturaleza del sufrimiento que se intenta regular.

Recurrí a diversas drogas por distintos motivos. El alcohol era fácilmente accesible, socialmente aceptable y amortiguaba el pavor. La cocaína y el Adderall me impulsaban a un torbellino frenético de actividad, transformando la apatía de la depresión en la seductora creencia de que seguía siendo la mejor versión de mí mismo. Al bajar de sus efectos, la marihuana convertía la vergüenza que sentía en una calidez ambiental que adormecía los sentidos. Cada droga expresaba por mí aquello para lo que yo carecía de palabras: era un intérprete rudimentario que ocultaba mucho más de lo que revelaba.

Ahora percibo el engaño que encierran sus falsas interpretaciones. Aunque regulaban mi estado, no conectaban conmigo; aunque me calmaban, nunca llegaban a verme realmente. Eran extraordinariamente eficaces a la hora de tomar una emoción insoportable y convertirla en una realidad llevadera, ignorando al mismo tiempo la fuente de ese sufrimiento insoportable. Este truco que las drogas juegan a los usuarios es clínicamente significativo, ya que determina cómo debería ser un tratamiento eficaz. Muchos programas ambulatorios intensivos se basan en la terapia cognitivo-conductual (TCC). Durante el primer año de mi crisis, asistí a uno en Wisconsin donde nos enseñaban a reconocer pensamientos distorsionados y a practicar habilidades para frenar conductas perjudiciales. Aunque este enfoque resulta útil para algunos, también puede ocultar las raíces del sufrimiento psíquico. En mi caso, nadie se tomó el tiempo de reconstruir mi historia de vida ni de ofrecerme un examen exhaustivo de infecciones de transmisión sexual (ITS). De haberlo hecho, podrían haber identificado cómo un episodio maníaco precedió a mi depresión y cómo mis acciones autodestructivas eran consecuencia de una infección cerebral por neurosífilis que no había sido detectada. El consumo de drogas era una manifestación secundaria de una realidad biológica a la que jamás llegarían las fichas de trabajo sobre tolerancia al malestar o distorsiones cognitivas. Al reducir mi adicción y mis síntomas psiquiátricos a un único marco de TCC, el programa pasó por alto los orígenes de mi caos psicológico.

Con demasiada frecuencia, el diseño del sistema de salud mental perpetúa esta estrategia fragmentada. La Administración de Servicios de Salud Mental y Abuso de Sustancias (SAMHSA) destaca el valor de un enfoque integrado para los trastornos concurrentes. Sin embargo, la mayoría de los programas carecen de recursos, tiempo y una visión holística, lo que provoca que los equipos de salud mental y los de tratamiento de adicciones operen de forma aislada; cada uno posee una pieza del rompecabezas que ninguno puede completar por sí solo.

Ron Lach/Pexels
Fuente: Ron Lach/Pexels

Más adelante, durante mis años de crisis, pasé un tiempo en el hospital forense estatal de Wisconsin, donde experimenté de primera mano el enfoque dual. Nunca olvidaré la mirada empática de un consejero en adicciones que me ayudó a explorar el pasado de mis adicciones mediante un ejercicio de historia de vida; trazó una línea directa desde el alcoholismo de mi padre hasta la vergüenza que sentía al fracasar en la vida, permitiéndome identificar un esquema mental que nunca había verbalizado: “Necesito lograr cosas para ser amado”. Por primera vez en mi vida, y libre de juicios, vi mis adicciones como una forma reprimida de expresión somática.

Si esas revelaciones llegaron alguna vez a oídos de mi psiquiatra y de mi equipo de salud mental, nunca supe nada al respecto. Las reuniones del equipo de tratamiento se limitaban a la recitación mecánica de preguntas de seguridad: “¿Tiene pensamientos de hacerse daño a sí mismo? ¿Tiene pensamientos de hacer daño a otros?”. Cada grupo de especialistas poseía fragmentos vitales de mi historia, pero la institución parecía carecer de un mecanismo que garantizara la comunicación entre ellos.

Con el paso de los años, he aprendido que la recuperación consta de dos partes: la estabilidad neuroquímica y el testimonio relacional. La primera se basó en el litio, que asentó una base química sólida frente a los altibajos de mi estado de ánimo; en una sobriedad absoluta que disipó la niebla de la anosognosia; y en el diagnóstico correcto de trastorno bipolar, que me proporcionó una perspectiva clara para comprender mi sufrimiento. Esto me permitió escucharme a mí mismo y a los demás. La segunda parte estuvo representada por el consejero que acompañó mi dolor y por mi madre, quien atendía diligentemente mis llamadas cada mañana con una compasión capaz de resistir la crueldad de mis insultos durante los episodios maníacos. Esto me permitió sentirme visto.

Cuando no actuaba como un ventrílocuo, mi consumo de drogas imitaba cada aspecto de la recuperación: simulaba químicamente la estabilidad que le faltaba a mi cerebro, al tiempo que me seducía con su propia forma de intimidad artificial. Solo cuando disminuyó la interferencia del sufrimiento psíquico, la señal de las relaciones humanas pudo llegar hasta mí.

A los profesionales clínicos, Gabor y Daniel Maté les proponen un cambio de enfoque profundo que humaniza cualquier conversación con alguien que atraviesa una crisis: no preguntar “¿por qué la adicción?”, sino “¿por qué el dolor?”. Es probable que nos cueste encontrar esa respuesta si seguimos manteniendo a los especialistas en adicciones y a los de salud mental en habitaciones separadas. Con el tiempo, he llegado a ver el avance de la recuperación bajo una nueva luz. En lugar de buscar una meta definitiva, propicio un diálogo con mi cuerpo y mis emociones antes de que, en la oscuridad de la noche, mi mano busque el vaso o el teléfono. El espacio para esa conversación requiere un cerebro estable y relaciones que me devuelvan una imagen fiel de la realidad: dos intérpretes honestos en diálogo mutuo.

Durante demasiado tiempo, nadie se preguntó qué traducían las drogas para mí. Cuando por fin alguien lo hizo, pude comenzar mi camino hacia la comprensión y la sanación.

A version of this article originally appeared in English.

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Acerca de
Patrick William Kelly Ph.D.

El Dr. Patrick William Kelly es un historiador y escritor que examina la enfermedad mental, la psiquiatría y la recuperación desde dentro, aportando la mirada analítica de un académico a instituciones que antaño solo estudiaba a distancia.

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