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Felicidad

¿Existe la felicidad?

Por qué es mejor buscar la felicidad de forma indirecta.

Los puntos clave

  • La felicidad es un sentimiento pasajero, no un estado permanente ni una meta fiable.
  • Una buena vida puede incluir el duelo, la lucha, el sacrificio y la infelicidad.
  • La felicidad es la luz que proyecta una vida bien vivida.
"The Pianist A. Rey Colaço"/Giovanni Boldini/Wikimedia Commons/Public domain
Fuente: "The Pianist A. Rey Colaço"/Giovanni Boldini/Wikimedia Commons/Public domain


Sí, la felicidad existe, pero como un sentimiento pasajero, no como un estado permanente.

Nadie puede mantenerse alegre todo el tiempo. Ni debería querer hacerlo. Una vida sin tristeza sería superficial y poco auténtica; apenas podría considerarse una vida humana. A menudo, nuestra tristeza es la medida de lo que valoramos: sufrimos porque hemos amado, nos preocupamos porque nos importa algo y nos esforzamos porque aquello tiene valor para nosotros.

Parte del problema de la felicidad reside en la propia palabra. En inglés, por ejemplo, happy (feliz) está relacionado con happen (suceder), término que deriva del nórdico antiguo happ, que significa fortuna o suerte. Al igual que la suerte, la felicidad es algo que nos sucede. Va y viene, a menudo sin pedirnos permiso. Por eso la felicidad es una meta tan pobre. Si convertimos un sentimiento pasajero en nuestro objetivo principal, nos condenamos a perseguirlo constantemente. Peor aún, empezamos a observarnos sin cesar: “¿Ya soy feliz? ¿Soy tan feliz como ayer? ¿Soy tan feliz como parecen serlo mis amigos?”.

Cuanto más escudriñamos nuestra felicidad, más insatisfechos y ensimismados nos sentimos. La felicidad se transforma en un indicador de rendimiento y, casi invariablemente, resulta insuficiente.

De la felicidad al florecimiento

La palabra española para la felicidad apunta en una dirección distinta. “Feliz” deriva del latín felix, que originalmente significaba fructífero, fértil o productivo. Mientras que la palabra inglesa remite a la fortuna, la española alude a la fertilidad: no se trata solo de cómo nos sentimos, sino de lo que somos capaces de generar.

Los antiguos griegos aspiraban a algo aún más elevado. Llamaban a su ideal eudaimonia; aunque a menudo se traduce como “felicidad”, se comprende mejor como “florecimiento”. Literalmente, eudaimonia significa algo así como estar poseído por un buen espíritu o una divinidad. No se trata simplemente de sentirse bien, sino de vivir bien: llevar una vida que valga la pena, que sea plena y que nos eleve.

A diferencia de la felicidad, el florecimiento puede albergar grandes dosis de infelicidad. De hecho, el dolor, la lucha y el sacrificio pueden formar parte de nuestros logros y relaciones más valiosos. Criar a un hijo, escribir un libro, cuidar a un padre moribundo o defender un principio pueden conllevar ansiedad, agotamiento o dolor. Sin embargo, no por ello desearíamos eliminar estas experiencias de nuestras vidas.

Una vida placentera no es necesariamente una buena vida, y una buena vida no siempre es placentera. Lo que no se puede arrebatar

Sócrates ofreció la prueba definitiva. Los atenienses lo condenaron y le obligaron a beber la cicuta. Pero, aunque pudieron quitarle la vida, no pudieron arrebatarle quién era ni cómo había vivido. Podían quitarle la vida, pero no podían hacer que esta fuera mala.

De hecho, al matarlo, lo hicieron más grande. Su muerte se convirtió en la prueba definitiva de su filosofía y transformó su vida en un ejemplo para toda la humanidad.

Aristóteles, el nieto intelectual de Sócrates, convirtió el florecimiento en una actividad más que en un estado de ánimo. La eudaimonia, sostenía, consiste en desarrollar y ejercitar lo mejor de nosotros, la razón, el juicio y el carácter, a lo largo de toda una vida. No puede reducirse a generar un estado mental placentero pero carente de sustancia.

Por eso la felicidad suele llegar cuando no la buscamos: mientras estamos absortos en una amistad, un paisaje, una pieza musical o alguna labor difícil y valiosa. En esos momentos, no nos situamos al margen de la vida para evaluarla; la estamos viviendo.

Así pues, sí, la felicidad existe, pero principalmente como un resultado, no como un fin en sí mismo.

En lugar de preguntarnos “¿Soy feliz?”, deberíamos preguntarnos “¿Estoy viviendo bien?” y “¿En qué me estoy convirtiendo?”.

La felicidad es la luz que proyecta una vida bien vivida.

A version of this article originally appeared in English.

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Acerca de
Neel Burton M.D.

Médico Neel Burton, es psiquiatra, filósofo y escritor. Vive y enseña en Oxford, Inglaterra.

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