Depresión
El ejercicio puede cambiar las redes emocionales
El ejercicio podría desempeñar un papel importante en el cuidado de la salud mental.
28 de agosto de 2026 Revisado por Michelle Quirk
Los puntos clave
- Una sola sesión de ejercicio modifica el estado de ánimo y la comunicación entre las regiones cerebrales.
- Ambas formas de ejercicio produjeron un aumento sustancial del estado de ánimo positivo.
- Ejercicio de alta intensidad también pareció fortalecer áreas cerebrales alteradas en personas con depresión.
El ejercicio produce cambios que van mucho más allá de los músculos y el corazón. Una sola sesión puede agudizar la atención, modificar las hormonas del estrés y, para muchas personas, mejorar su estado de ánimo. Los científicos conocen este efecto positivo desde hace años. Sin embargo, aún no está del todo claro qué ocurre en el cerebro cuando el estado de ánimo comienza a cambiar.
Un estudio reciente del Hospital Universitario de Bonn ofrece una perspectiva de este proceso. Veinte jóvenes con un alto nivel de entrenamiento completaron tres sesiones distintas: ejercicio interválico de baja intensidad, ejercicio interválico de alta intensidad y una sesión de control en la que permanecieron sentados en una bicicleta estática. Antes y después de cada sesión, los participantes evaluaron su estado de ánimo y se sometieron a neuroimagen en reposo. Los resultados indicaron que el ejercicio puede ayudar a preservar, e incluso fortalecer, la comunicación entre las regiones cerebrales que contribuyen a equilibrar las reacciones emocionales con la introspección.
Una notable mejoría en el estado de ánimo
El estado de ánimo positivo aumentó significativamente después de ambas sesiones de ejercicio. La mejora fue notable tras el ejercicio de baja intensidad e igualmente notable tras el ejercicio de alta intensidad. El ejercicio de alta intensidad produjo un aumento ligeramente mayor, aunque la diferencia entre los dos niveles de ejercicio no alcanzó el umbral de certeza estadística del estudio. Permanecer sentado en silencio no produjo un aumento comparable en el estado de ánimo positivo.
El panorama se complicó cuando los participantes evaluaron sus sentimientos negativos. El estado de ánimo negativo disminuyó tras el período de descanso, mientras que ninguna de las condiciones de ejercicio produjo una disminución estadísticamente significativa. La ansiedad también se mantuvo prácticamente sin cambios en las tres condiciones.
Esto puede sonar sorprendente, pero los participantes ingresaron al estudio con niveles muy bajos de depresión, ansiedad y estado de ánimo negativo. Además, gozaban de una excelente condición física. Por lo tanto, el malestar que el ejercicio podía reducir era relativamente pequeño. La pregunta más interesante era si la mejora en el estado de ánimo positivo tenía una contraparte visible en el cerebro.
Una conversación entre dos partes del cerebro
El estudio se centró en la amígdala, una pequeña estructura ubicada en lo profundo del cerebro que desempeña un papel importante en la evaluación de la información emocionalmente relevante. El miedo suele acaparar la atención en las discusiones sobre la amígdala, pero su función va mucho más allá. Ayuda al cerebro a decidir qué es importante emocionalmente.
El equipo examinó cómo la actividad en la amígdala aumentaba y disminuía en paralelo con la actividad en otras áreas del cerebro. Inicialmente, los resultados fueron modestos. Un análisis de todo el cerebro no reveló cambios significativos relacionados con el ejercicio en la comunicación con la amígdala. El estudio tampoco logró reproducir algunos hallazgos previos que involucraban la ínsula y las regiones temporales.
Sin embargo, una región destacó. El precúneo se ubica en la parte posterior del cerebro y forma parte importante de una red que se activa cuando la mente se centra en el interior. Participa en la autorreflexión, la memoria y la construcción de nuestra experiencia interna. Cada vez hay más evidencia que lo vincula con la forma en que regulamos las emociones y dirigimos la atención.
En circunstancias normales, la actividad en la amígdala y el precúneo suele moverse en direcciones opuestas. Cuando la actividad en una aumenta, la actividad en la otra tiende a disminuir. Los científicos denominan a esto una anticorrelación.
Durante la condición de control, esta relación opuesta se debilitó después de que los participantes pasaran tiempo sentados en la bicicleta. El ejercicio previno ese debilitamiento. El ejercicio de alta intensidad fue más allá, mostrando una tendencia hacia una relación opuesta aún más fuerte entre la amígdala y el precúneo. Tres áreas dentro del precúneo mostraron diferencias significativas al comparar la sesión de alta intensidad con la condición de control.
¿Por qué importa el precúneo?
La importancia de este hallazgo se hace más evidente al analizarlo desde la perspectiva de la depresión. Las personas con depresión mayor a menudo muestran actividad anormal en la red cerebral que incluye el precúneo. Esta red ayuda a generar pensamientos centrados en uno mismo, y la actividad excesiva dentro de ella se ha relacionado con los pensamientos obsesivos y el ciclo repetitivo de insistir en pensamientos angustiantes.
Algunos estudios también han encontrado que la relación opuesta normal entre la amígdala y el precúneo se debilita en la depresión. En ciertos pacientes, las dos regiones incluso pueden comenzar a moverse juntas en lugar de oponerse.
El ejercicio de alta intensidad pareció reforzar un patrón de comunicación cerebral comúnmente observado en individuos sanos y que a veces se ve alterado en trastornos afectivos. Investigaciones previas del mismo grupo también revelaron que meses de ejercicio aeróbico repetido fortalecían esta misma relación opuesta entre la amígdala y el precúneo.
Ejercicio para el cerebro
La actividad física se describe a menudo como medicina para el corazón, los músculos y el metabolismo. Sus efectos en el cerebro podrían resultar igual de importantes. El ejercicio físico puede modificar brevemente el estado biológico en el que se producen el pensamiento y la emoción.
El siguiente paso no consiste en declarar que una intensidad de ejercicio es superior a otra, sino en comprender qué formas de actividad producen cambios cerebrales beneficiosos, cuánto duran esos cambios y si el ejercicio repetido puede remodelar las redes emocionales en las personas que más lo necesitan. Si esto se confirma, el ejercicio podría llegar a desempeñar un papel aún más preciso en la atención a la salud mental. Podría convertirse en una forma más de influir en la biología de la regulación emocional mediante una intervención económica, ampliamente disponible y cuyos beneficios para el organismo ya se conocen.
La conclusión más prometedora de este estudio no es, por lo tanto, que un entrenamiento intenso nos haga más felices, sino que incluso un solo periodo de actividad física puede dejar una huella medible en las redes neuronales mediante las cuales el cerebro organiza las emociones. Comprender esa huella podría ayudar a explicar por qué el movimiento influye tan poderosamente en cómo nos sentimos.
A version of this article originally appeared in English.